jueves 29 de octubre de 2009

EL ÚLTIMO OTOÑO

Se marchó en otoño y se desprendió de nosotros como una hoja que arrastra la suave brisa de este octubre sin él. Se fue tranquilo porque aunque nos deja huérfanos su corazón no se cansó de palpitar ni un momento por sus hijos. Se fue sereno porque aunque se marcha, lo hace con la satisfacción que da una vida sencilla y plena, con la certeza de que en cada uno de nosotros vive algo de él y no se me ocurre en estos momentos mejor inmortalidad que la de ser recordado para siempre.

Tras un rosario de lágrimas y recuerdos que se encadenaban desde la noche anterior… Después de una angustiosa espera nos dejó. Poco antes de que una máquina le diera su último aliento, cuando sus maletas ya estaban hechas, sus palabras dichas y su confianza descansando en las mejores manos, pudimos estar un momento a su lado. Atravesando el pasillo más frío de mi vida me lo encontré dormido esperando pacientemente a que todo acabara. Le di el beso más cálido a la mejilla que tantas veces había acariciado la mía a sabiendas que no habría otro. Le dije adiós y me contestó un “hasta mañana” que no lo llegué a oír porque mi abuelo ya estaba de camino. Fue entonces cuando lo vi caminado con las manos en los bolsillos alejándose de nuestras vidas. Discretamente.

Después tan solo el silencio… solo el frío.

Desde aquel rincón Él le cogió de la mano con paz y calma. Lo sé porque al lado de la cama mi madre dejó dos estampas para que lo tuvieran en sus manos, para que cuando él durmiera Él velase. Sé también que no habían hecho falta, que no se apartó de su lado. Que al marcharse, la Dolorosa le esperaba con los brazos abiertos para abrazarle, como lo había hecho con muchos los abuelos antes. Así me lo escribieron en el móvil y así me lo creí.

Y después de abrazos, flores, besos, llamadas, mensajes y más abrazos… Siento que al marcharse mi abuelo, al dejarlo allí junto a la montaña aquella tarde en la que el sol inventaba luz entre grises nubes, también dejamos una parte de nosotros cosida a aquellos ojos verdes que se cerraron para siempre. Que allí también se quedaron historias del día a día, de una guerra que le obligó a hacer un paréntesis en su vida y recorrer España de costado a costado, el saber popular de refranes y cantares recitados como recién aprendidos, el saber de la vida, mis raíces, su voz, su gracia. Que allí también quedaron sin remedio 59 años de vida compartida que solo la muerte pudo separar. Que aquí quedamos nosotros. Sin él.

Y sé que mientras amarro estas palabras a la deriva de la red de redes, a pesar de que salga a acompañarme alguna lágrima, lo hago desde la incredulidad de quién piensa que cuando vuelva a su casa lo volverá a ver, de quien cree o mejor dicho de quien no cree que se haya ido, de quien espera que sea él el que descuelgue el teléfono, de quien tiene la sonrisa preparada para que nos vuelva a hacer reír con cualquier chascarrillo o el sitio guardado para que se siente a presidir la mesa, de quien sueña que todo esto fue un mal sueño.

Y sé que su ausencia dolerá y posiblemente lo echaré más de menos de lo que lo hago hoy aunque ahora me falte el aire, me quede mirando la nada durante infinitos segundos o me dé un vuelco el estómago cuando alguien me dice que lo siente...

Y sí, créeme que pienso que se fue en el momento justo, que no hubo manos más delicadas que lo mimaran ni ojos más atentos que lo atendieran, que he tenido mucho tiempo para disfrutarlo… y sí, lo agradezco con la más sincera sonrisa… pero no me consuela. Créeme también que soy incapaz de expresar lo que ahora me dicta el corazón…

No olvidaré a los que estuvisteis allí, a los que nos acompañasteis. Lo prometo. Tampoco a los que sin estar, sin veros o incluso sin conoceros os esforzasteis por cambiar el final de esta historia que me gustaría no haber escrito nunca. A aquellos ángeles de los que hablé, a los que no os salían las palabras o sin palabras dijisteis todo... Eternamente agradecido. No olvidaré. Lo prometo.

Ahora toca guardar los recuerdos, o quizá escribirlos para que el olvido no se los lleve. Guardaré en el bolsillo una hoja escrita en clave de sonrisa en la que aparezca él cogiendo de la mano al niño que vive en mí. Releeré el libro amarillo que le sacaba cada mañana al desayunar antes de llevarnos al colegio. Redactaré los caminos que recorrimos en los que como un niño más, se dejaba guiar por la inocencia de mi hermana y mía. Le echaré un pulso y lo perderé como las otras 982 veces. Esperaré a las 6, la hora del café, para que se siente a nuestro lado. Revolveré las fotos por si tengo que rescatar alguna historia que quedó por revelar. Caminaré tras él, para que sean sus pasos los que me hablen. Me lo imaginaré con mis tíos, con mi madre, de pequeños y descubriré lo que dejó en cada uno de ellos para poder sentirlo aquí de nuevo. Y tras este punto y aparte en el camino, acabaré en puntos suspensivos, porque sé que lo tendré conmigo para siempre y juntos escribiremos esta historia. Aunque no lo vea.

Y sí, Emma, el abuelo ahora es aire. Aire que nos abraza el alma cada día.

Al mejor hombre (como rezaba aquella nota perdida entre los crisantemos) y yo añado: Al mejor abuelo.

lunes 24 de agosto de 2009

INTERMINABLES

Necesitaba escribir las noches que no me dejaron dormir. Las que vi pasar cada hora, cada minuto sentado delante del ordenador hasta encadenarlas con los primeros rayos del día siguiente. Necesitaba contaros las noches que escuché por escuchar Hablar por hablar mientras quedaba colgado mi archivo de Autocad entre la neblina blanca de un “no responde”. Necesitaba escribirlo para así quizá poder dormir hoy tranquilo. Necesitaba poner un punto y final. Cerrar sesión.

Nunca había pensado que las noches tenían tantas horas, tantos minutos mientras las derrochaba con los amigos de un lado a otro los fines de semana. Si en ellas el reloj no existía, estas veces hubiera necesitado alargarlas aún más. Nunca habían pasado noches enteras ahogado por las entregas del día siguiente. Tampoco había sentido el peso del amanecer sobre el cuerpo o el atontamiento en el que se sumerge la cabeza el resto del día. Ni siquiera sabía lo que era tener cansados los ojos o lo que era utilizar una ducha reparadora como punto de partida para el nuevo día. Esas noches, en las que el sueño pasa de largo, esas noches en las que la cama es una cómoda mesa auxiliar para acumular croquis, referencias y un sinfín de papeles innecesarios que acaban en la basura poco tiempo después, esas noches en las que el descanso es de un cuarto de hora dando una vuelta por tuenti por si algún sonámbulo dejaba caer algún comentario, esas noches que continúan con un pincho a mediodía mientras ploteas y acaban a la hora de la siesta con un profundo sopor, esas noches, solo esas, son las que quiero borrar.

Nunca había oído tantas historias tan diferentes por la radio, tantos silencios que cuentan tantas cosas… La mayoría tristes, la verdad, la mayoría te obligan a susurrar un: “qué suerte tengo…!”, un “qué pena…” o un “que nunca me pase…” Nunca habría pensado que la gente podía descolgar su teléfono una madrugada cualquiera y llamar a un programa para decir que se sentía sola, que lo acababan de ingresar en una clínica sin saber por qué, que su hijo se había suicidado, que le habían engañado, que necesitaba hablar de cualquier cosa con cualquier persona o incluso que le estaba siguiendo un extraño hombre que le esperaba en el portal… He llegado a pensar que quizá, al contarle sus dichas o desdichas al mundo a través de las ondas, al escuchar su voz en la lejanía de la radio, al encontrar en el silencio las respuestas que necesitan, se sientan aliviados como si fuera un extraño el que le contase su misma historia, como si hubiera un alma gemela en algún lugar del mundo capaz de reconfortarlos con la palabra, con la empatía, como si alguien fuera capaz al fin de comprenderlo. También he pensado que en muchos casos no hay consuelo que alivie el dolor.

Y en la oscuridad de la noche, en el silencio de la habitación, en la luz del flexo y del portátil, en la música de la radio… tengo que decir que no estuve solo, al otro lado del Messenger, tan solo con un clic, compartimos los agobios de última hora, las dudas, los trucos o conversaciones que se alargan hasta el amanecer. Es justo agradecer por tanto a aquellos que trasnocharon a mi lado, a aquellos que perdisteis vuestro tiempo para ganar yo el mío, remendaron mis fallos o simplemente preguntaron un qué tal vas, su dedicación ¿es justo verdad? aunque nunca lleguen a leer estas palabras o no se den por aludidos.

Porque a pesar de la infinitud de esas noches, tengo la sensación que fueron un sueño, que no se hicieron tan largas, que no existieron. Incluso puede ser que un helado en la plaza, una buena compañía, una batalla de karaoke (bien metido en el papel), un brindis con trozos de sandía o una noche de San Juan, tengan la capacidad de borrar los sofocos y saborear esta vida que dibujamos a golpe de lapicera y Autocad.

Ahora ya podré bajar las persianas que no bajaron en esas noches, cerraré la habitación, la vaciaré y pensaré a varios kilómetros como llenarla el curso que viene.

Junio 2009

domingo 17 de agosto de 2008

SALAMANCA



No hizo nunca falta preguntar de dónde era ni por dónde caminaba porque siempre me sentí en casa. Sus calles son la prolongación de mi pasillo y supe desde pequeño que sus gentes, dicen que secas, parcas, sin sal (No lo siento así) eran mis vecinos.

Desde mis primeros pasos me contaron que la plaza no es perfecta, pero a mi me parece una enorme joya. Que desde sus campanarios se puede tocar con la punta de los dedos el cielo y así llegué a sentirlo una tarde de verano cualquiera. Que subiendo por Compañía la soledad es más llevadera y cada amanecer, cada invierno, sus piedras calientan la vida. Que sus fachadas son retablos y el río un espejo y que su silueta iluminada en la noche es el capricho en arena de playa bañado por este cielo que cae sobre nosotros. Que sus suelos comunican mediante pasajes las leyendas más inverosímiles, otros tiempos. Que sus calles huelen a ayer y sus piedras se derriten de belleza cada atardecer. Que sus trajes son de oro y en sus fachadas se puede leer sangre. Que se ve más filigrana en la piedra que en las joyerías y tras una de las conchas se esconden tesoros aunque pienso que para tesoros los recuerdos que dejo yo bajo sus piedras.

Me hablaron que no hubo terremotos que pudieran con su fortaleza ni bandos que no apaciguara la mano de Dios. Que en verdad el cielo de Salamanca está en el Patio de Escuelas porque el cielo estuvo desde el comienzo cerca de los jóvenes, sus estrellas son nuestras. Que la torre de la catedral no es un campanario sino un faro que se yergue para iluminar los trenes que vuelven cada madrugada y un astronauta navega en el espacio pétreo de una de sus puertas aunque las manos que las tallaron disten siglos. Que “la Vieja” a pesar de ser vieja no tiene nada que envidiar a “la Nueva”. Que el gallo seguirá perenne en la torre como el suspiro cada anochecer al iluminar la plaza.

Me dijeron que sin saberlo te cruzas con ángeles de la guarda, con gente de paz, de bien. Que los silencios de sus gentes valen más que mil palabras y muchas veces no se oyen los aplausos porque aquí con el pálpito del corazón basta. Que en alguna cueva llegó a morar el mismísimo diablo y en sus palacios habitan seres que no pertenecen a este mundo. Que cada domingo no es la algarabía la que alza la voz en el centro sino que lo hace la dulzaina y el tamboril al ritmo que marca esta tierra acompañados de las castañuelas que son la canción salidas de la sencilla unión de manos y encina, la misma que campa a sus anchas en este campo castellano desde hace siglos. Que cada Noviembre se escala la Catedral hasta lo más alto para honrar a Dios y cada verano la tuna es nuestra banda sonora. Que en la primavera la Pasión está en la calle, sobre los hombros. Que por estas calles caminaron Santos, Literatos, Reyes, Universitarios, Lazarillos, Necios, Intelectuales, Descubridores, Reconquistadores... y detrás de cada medallón hay una intensa vida. Que enhechiza la voluntad de volver a ella…

Y yo me lo creí.

Y me lo creí caminándola y desgastándola con la mirada porque siempre me sorprende algo nuevo. Y me sumergí en sus historietas, imaginándome en otro tiempo, con otra ropa, con otra vida, en otra Salamanca. Y paseé por una ciudad Universitaria por naturaleza siendo universitario de aquellos de capa y sombrero. Descifrando y empapándome de las palabras de un doctor y de un edificio que en sí mismo es pura doctrina. El saber de antaño. Y me vi callejeando entre carretas y piedras, entre mendigos y sabios, entre edificios derruidos y otros recién nacidos. Y me sentí turista en mi casa pues siempre hay alguna habitación secreta que se resiste a abrir o quizá perdí la llave en algún sueño. Pero sin dudarlo sentí el calor de mi tierra en el aire porque es único y no se esconde. Estoy en casa.

Y el que quiera saber… ¡que vuelva!

viernes 4 de abril de 2008

365 DÍAS

Hay una semana que dura 365 días que guardo en una caja dorada donde entran miles de cosas y una rosa.

Hay 7 días que espero durante los 358 anteriores y una cuenta atrás de 40 que por esta vez se me hizo más llevadera con un viaje en la mochila.

A veces pienso que el tiempo a penas corre o que va tan rápido que no hay oportunidad de mirar, respirar y tomar conciencia que vives y no solo eres un espectador. Aunque estés sentado en la Plaza de España de Sevilla con la mejor compañía. Tu mente sigue caminando de un lugar a otro, cruzando el río o regalando un beso al talón del que Todo lo Puede. Y puede que me supiera a poco 3 días, 2 noches, los kilómetros sobre los pies y los cafés de media noche, no lo sé, pero estoy seguro que saborearé su olor cada rato que pueda. Mirando atrás. Seguiré poniendo una sonrisa cuando piense en ello, cuando sienta la colleja del mejor de los guías acompañado de “¡macarra!” o vuelva a estudiar cada foto por enésima vez. Seguiré sonriendo. Como el que tiene la ilusión de descubrir algo nuevo o sueña que no estuvo antes allí para sorprenderse con cada puerta que traspasa. Volveremos.

También guardaré en la caja lo que quise oír, ver y presenciar en la distancia a lo largo de estos 40 días. “Mira, ahora estarán rezándole a la Dolorosa antes de bajarla de la capilla” me decía aquel miércoles en voz baja para que casi no lo oyera y se me olvidara. “Mira, ahora empezaría la novena”. “Mira, ahora Antonio estará con su pregón…” “ahora estarán cenando…” y visité a las Angustias para que se me pasara la morriña (pero no lo hizo) antes de encontrarme con un ensayo de pasos que pasó a segundo plano cuando recibí la llamada desde Zamora con el “Mozo” en la calle. Es verdad, aquella noche empezó la Semana Santa (lo oí en la banda) o por lo menos fui consciente de que estaba a punto de hacerlo y con este detalle caí en la cuenta que al día siguiente Ella junto a la Cruz descansaría sobre mis hombros, buscando con Sus ojos en el cielo de Salamanca la Luz del Mundo o quizá fuera yo el que descansara mirándola… Un año más… o cuatro…

Desde la oscuridad del paso, viendo a través de la celosía la claridad de la capilla agradecí estar en aquella situación. Un “¡déjasela ahí!” de un hermano que cada día es más grande como un “¿Qué tal vas?” de un primo con el que solo comparto apellidos pero no sangre y unos vellos erizados al traspasar el dintel con esfuerzo. Gracias.

Y mientras escribo, mientras revivo una semana que me cansó con un cansancio que no molesta ni pesa, me doy cuenta que se escapó entre mis manos demasiado rápido, que me faltan días y horas en el recuento. Pero reconozco a la vez que ese es el encanto de la Semana que es ya pasado. Un Domingo de Ramos en el que ya somos 4 azules aunque lo fuéramos antes sin medalla. Quedarte con más ganas de Lunes Santo que nos dejó con un abrazo en el silencio a medias, chocolatinas en el bolso, un cardo y fotos que casi son un beso en el tiempo. Tornó a Lunes de luna y estrellas la noche que escasamente una hora antes lo era de lluvia y lágrimas. Esperaré otro año que no sé si será igual (como ya te dijimos en la carta) e iremos a ver los Estudiantes para que nos dé Luz. Al Flagelado haciendo un descanso con una hamburguesa que ya tomamos como tradición para recuperar energía y calor que se pierde camino a casa, por muy rápido que vayamos. Que de ratos… ¿Verdad?

Querré madrugar el jueves y ayudar para que la capilla brille más que otros días (y si es con mi madre mejor que mejor). Subir, bajar, ir, volver, inventar… sentirse útil. Querré hacer un descanso sentado en un banco o donde tercie con una torrija en una mano y una conversación en la otra y esta vez sí, tomaremos la coca cola que espera desde fin de año. Me volveré a escapar junto a la noche más fría solo para ver cómo camina la Ramona. Me conmoverá cuando recién descendido Su Madre le bese los pies en el Gólgota del Campo San Francisco un Santo Viernes de luto dorado. Dejaré la capilla llena de hermanos azules, al Doctri, al Nazareno, a la Dolorosa y el Sepulcro para sentir el peso de Los Azotes que le dieron y mostrar a los boquiabiertos salmantinos Su espalda. Cuando a toque de martillo empieza a costar levantar la semana. Llegar de nuevo al punto de partida con la satisfacción de acabar. Abrazar por sorpresa a una amiga con la que aparezco en todos los recuerdos de clase y ver como entran poco a poco los que dejé en la Capilla esperando.

Supe cerca de la puerta, al compás de Mater Mea, que ya se acababa pero preferí hacerme el loco para no pensarlo. La vi entrar imaginando que estaba debajo acariciando con la mano con la que sostiene el pañuelo, mi hombro. ¡Hasta el año que viene! -le dije con la mirada y siguió mirando al cielo.

Aunque intenté alargar la noche tanto como los párpados me dejaban, sin remediarlo eran las primeras horas del Sábado, lleno de oscuridad en la plaza de Soledad y luz y lleno de soledades en la Liberación. Había poco de la semana que se dejara exprimir a esas alturas. Unos pasos que desmontar, una carta a medias de escribir, unas pastas que recoger… Dormí y desperté sin darme cuenta con el sol de la Resurrección esperando los abrazos últimos y el rojo marchito del clavel. Caminando juntos…

Pero lo viviré otra vez, no hará falta escribirlo. Estaré allí. Será cualquier día. Escucharé la música, el silencio. Sentiré el calor de las velas o del apretón de manos. El frío de la Capilla con las puertas abiertas de par en par. La voz. El martillo. El olor de la cochera o de las flores recién puestas. Oiré el crujir de la madera. Veré el reflejo en los cristales y la rosa en la mano. Tantas veces como quiera, en clase de mate o dibujando, da igual. Y no será Semana Santa ¿o sí?

Siempre es Semana Santa en la vida de un tonto de capirote.

lunes 31 de diciembre de 2007

OTRO QUE SE VA


No me queda nada que terminar mas que el año, dejar que se vaya tal como vino, casi sin darme cuenta. Esperaré, sentado y rodeado de los míos, como cada año, que las doce uvas den paso a los doce meses y nos deparen nuevos sueños, aires frescos, nuevas vidas.

Desear que en este que en unas horas llega, volvamos a sentarnos en la misma mesa, con la misma gente pero un poco más viejos, puede que un poco más sabios. Empezarlo con la emoción con la que descubres el sabor de un caramelo que no sabes si te gustará pero tienes la certeza que tendrá cosas dulces y otras amargas. Como este año, como el anterior, como los que vienen…

De este que se va, me intentaré quedar con lo más dulce, con las cosas que me llenaron y que ahora solo viven en el recuerdo acompañados de una sonrisa. Con los cambios y lo que continúa como siempre. Que lo viejo dé paso a lo nuevo y de paso se lleve lo que deba olvidar. Campanada tras campanada.

Pediré que cada uno viva lo que quiera, que es muy fácil aunque nosotros lo hagamos muy complicado, y sepamos luchar por lo que nos hace felices. Sin miedo a nada. Disfrutando de cada gesto, cada caricia y de la magia de esta noche, vieja y dorada para que haga de cada minuto una hora, de cada hora un día… Para que sea más el tiempo por vivir con vosotros.

Para ti, te desearé la paciencia ante lo incomprensible. Te desearé sonrisas pues las lágrimas vienen solas por desgracia. Rezaré por él y por vosotros para que las heridas del corazón escuezan lo menos posible.

Para ti, que sigas tan feliz como ahora, que siga disfrutando de tu compañía y riendo aunque no te apetezca. Que seamos 3 en la distancia. Siempre 3.

Para el ADLG, dulce compañía, que nos sigamos cuidando por mucho tiempo (que todo siga igual).

Para ti, que me faltas en clase, todo lo mejor, todo el cariño y para ti el doble de lo bueno que das a los demás.

A ti te desearé sueños nuevos, con la fuerza y la valentía que demuestras continuamente porque lo llevas escrito en la piel y la misma emoción que nos dan tus palabras. ¡Qué más da que la sangre no nos una! (De las mejores cosas de este año).

A ti, que sigas siendo solo amor, aun sin pelo.

Para el “tufis”(para mí no lo es) que siga abriendo la cochera cada tarde inventando y creando carrozas de donde yo solo veo madera con el juego que le da “Parchís” (¡Quién te iba a decir…! Para ti también que seas muy feliz, por lo menos como ahora) y para el otro tito, que sin verlo por estos caminos sigo caminando a su lado porque tengo muchas cosas que aprender y hablar. Para el que nombra los días que siga enseñándonos cada día y tenga suerte en el MIR.

Para vosotros que aunque no os vea en la habitación sé que estáis allí. Sin más.

Feliz año para todos.

Tenemos un año por delante por descubrir y devorar. Que se cumplan todos vuestros deseos que en definitiva es el mío.

sábado 10 de noviembre de 2007

SOLO AMOR

Normalmente el amor que sientes más cerca por primera vez es el de madre, el amor que nunca muere,que se espera durante nueve meses y se alarga de por vida, el que te quita todo y gustosamente lo ofrece porque es amor. Sencillamente.

Pero recordé en la noche de los Santos que hay otro amor. Uno que rasgó mi “yo” e incluso hería al notarlo. Fue la demostración más parecida y cercana de este. La solidaridad extrema. El trabajo más altruista.

Hablaba del amor de una madre pero entonces me mostraron otro. El amor de Hijo (en este caso es con mayúsculas) que de alguna forma tornó en madre cuando su padre lo necesitó. Una hija que velaba cada noche cerca del padre, como una madre acuna a su hijo recién nacido. Pendiente de cada pálpito, de cada respiración, de cada mueca… Me mostró un amor egoísta que le pedía dejar de pensar para solo le diera tiempo a dar. Vivir solo para una persona para que sus manos fueran las manos del padre, al igual que sus piernas, sus brazos, sus pies… Y olvidarse de una misma y del mundo que se sigue moviendo alrededor, de qué es dormir, el cansancio y esconder lágrimas tan de dentro que te acaban por secar. Un amor absorbente pero gratificante.

Aún así seguir. Fuerte. Contando una y mil noches con sus mil y un segundos para que no falte ni un latido. La eternidad de meses y la velocidad del día. Solo tener tiempo de suspirar, elevar la vista al cielo, notar por un instante que todo sigue igual y recibir el calor que te envuelve al abrir la fría ermita de Cabrera. Sentir la paz que consiguen esos ojos negros (solo con mirarlos). Saber que Él está ahí, como siempre cuando lo necesitas, como siempre que le pediste que se acordara de ti.

Y ver que la vela se apaga. Aún así seguir. Fuerte. Caminando juntos como el primer día y mirarlo con los ojos con los que una madre mira a un hijo porque en definitiva son la misma carne, la misma sangre. Escuchar una y otra vez su nombre como solo él sabe entonarlo. Tenerte a su lado, como el perro más fiel, como la criada más servicial. Hasta darlo todo, incluso la vida, como solo una madre puede hacerlo, como solo una hija como tú sabe hacerlo.

Y al fin sentir el frío del final del camino en las manos, el cariño en los ojos, la tranquilidad del que descansa, como el bebé que duerme con una sonrisa. El silencio. Ver que todo se acaba y no poder remediarlo. Buscar su olor en la ropa, su voz en casa, su silla ocupada… Pasar la última noche juntos en la distancia, porque ya no está. Derramar las últimas lágrimas con la mejor de las sonrisas.

Y ver en sus ojos negros, tristes, cansados (incluso de mirar), la felicidad plena de haber devuelto una caricia a quien le dio miles, de calmar el sufrimiento con la medicina de las palabras, de las caricias, de coger los brazos lánguidos que la abrazaron y que la abrazan (hoy también).

Y devolver la vida a quien un día se la dio. Volver sola pero satisfecha pues él estuvo cuando ella vino al mundo y ella cuando él lo dejo. Eternamente unidos por el eterno don del amor.

Porque no hay mejor trueque que el amor por el amor. ¿Me entendéis ahora?

Para Pilar, que solo es amor.

jueves 1 de noviembre de 2007

(ADLG)

Todos tenemos un ángel de la guarda (tú también) aunque dudo mucho que yo sea el tuyo, a pesar de que me llames así. Claro que me gustaría tener alas, estar ahí sin que lo pidas, como la sangre a la herida, pero no es el caso. Me gusta cuando me lo dices, no porque lo sienta de esa forma sino porque “el ángel de la guarda” (ADLG) esconde secretos (que no son gran cosa pero son nuestros), mensajes (el último de agobio o el primero de una fiesta, según se mire), sonrisas (algunas un poco incómodas como la de nuestra amiga Ester), lágrimas (que solo quiero recordar las que fueron causadas por la alegría), fotos y muchísimas cosas más (tú mejor que nadie lo sabe).

Cuando pienso que soy tu ángel de la guarda sonrío porque incluso durante cuatro años cuando hubo un paréntesis (como en esta carta, como a ti te gusta) siempre te sentí cerca, no tuve duda que era un paso, puede que un rodeo en nuestro camino para encontrarnos con mas fuerza. Un diálogo silencioso de miradas, de abrazos a distancia, de llamadas por hacer y cosas que decir. Siempre estuviste cerca aunque no nos enterábamos, aunque nos separaba una muralla de escasos centímetros.

¿Recuerdas nuestra carrera por la Gran Vía, tú por un lado de las columnas y yo por otro? ¿Te acuerdas de “la pastelera”? ¿De las escapadas en la hora de estudio con “la Cuasi” o “Choche” esperándonos para echarnos la bronca? ¿De las cuasi-reflejas? (Esto lo tienes que decir con tu entonación, si no, no tiene gracia) ¿De las fotos en la azotea del colegio y Amelia persiguiéndonos? ¿Del equipo de policía “la Escuadra”, buscando al delincuente invisible en la hora de inglés? ¿Te acuerdas de…? (Si esto ha servido para que sonrías como yo mientras lo escribo me doy por conforme) Qué bien lo hemos pasado ¿verdad? Ojalá nunca lo olvide.

Desde Virginia “la piña” la chica más alta de clase a Gyna una aspirante a psicóloga. Te veo feliz, ilusionada y me alegro. Sinceramente. Y me alegra aún más el encontrarme contigo una noche y que parezca que fue ayer mismo cuando nos acabamos de ver. Todo sigue igual.

He buscado una foto para ponerla aquí pero no he podido porque las mejores fotos las tengo en mi cabeza y no sería capaz de coger una que resumiera esto. Entendí que la mejor forma de mostrarlo, la mejor foto, eran las palabras, dejar que ellas hablaran y lo ilustraran. Y que seas tú la que ponga la banda sonora a mis letras (viniendo de ti, no se si alguna de Manolo García) pues yo ya la tengo y no es más que las voces, las canciones gritadas, las carcajadas, el aire, o el rumor del agua… y que seas tú quien continúes estas palabras (solo si quieres) y sigamos contando el uno con el otro o los unos con los otros, como siempre. Y que en unos días cuando carguemos con 50 años, nos encontremos en esta Salamanca y que sea como hoy o ayer. Viéndonos jóvenes con arrugas y una mochila con libros llenos de páginas escritas por nosotros. Y me sigas llamando “Ángel de la guarda” aunque no lo merezca. Como hoy…

Que tengas mucha suerte. Yo espero seguir ahí, a
tu lado, cerquita, a unos kilómetros de distancia.