Hay una semana que dura 365 días que guardo en una caja dorada donde entran miles de cosas y una rosa.
Hay 7 días que espero durante los 358 anteriores y una cuenta atrás de 40 que por esta vez se me hizo más llevadera con un viaje en la mochila.
A veces pienso que el tiempo a penas corre o que va tan rápido que no hay oportunidad de mirar, respirar y tomar conciencia que vives y no solo eres un espectador. Aunque estés sentado en la Plaza de España de Sevilla con la mejor compañía. Tu mente sigue caminando de un lugar a otro, cruzando el río o regalando un beso al talón del que Todo lo Puede. Y puede que me supiera a poco 3 días, 2 noches, los kilómetros sobre los pies y los cafés de media noche, no lo sé, pero estoy seguro que saborearé su olor cada rato que pueda. Mirando atrás. Seguiré poniendo una sonrisa cuando piense en ello, cuando sienta la colleja del mejor de los guías acompañado de “¡macarra!” o vuelva a estudiar cada foto por enésima vez. Seguiré sonriendo. Como el que tiene la ilusión de descubrir algo nuevo o sueña que no estuvo antes allí para sorprenderse con cada puerta que traspasa. Volveremos.

También guardaré en la caja lo que quise oír, ver y presenciar en la distancia a lo largo de estos 40 días. “Mira, ahora estarán rezándole a la Dolorosa antes de bajarla de la capilla” me decía aquel miércoles en voz baja para que casi no lo oyera y se me olvidara. “Mira, ahora empezaría la novena”. “Mira, ahora Antonio estará con su pregón…” “ahora estarán cenando…” y visité a las Angustias para que se me pasara la morriña (pero no lo hizo) antes de encontrarme con un ensayo de pasos que pasó a segundo plano cuando recibí la llamada desde Zamora con el “Mozo” en la calle. Es verdad, aquella noche empezó la Semana Santa (lo oí en la banda) o por lo menos fui consciente de que estaba a punto de hacerlo y con este detalle caí en la cuenta que al día siguiente Ella junto a la Cruz descansaría sobre mis hombros, buscando con Sus ojos en el cielo de Salamanca la Luz del Mundo o quizá fuera yo el que descansara mirándola… Un año más… o cuatro…
Desde la oscuridad del paso, viendo a través de la celosía la claridad de la capilla agradecí estar en aquella situación. Un “¡déjasela ahí!” de un hermano que cada día es más grande como un “¿Qué tal vas?” de un primo con el que solo comparto apellidos pero no sangre y unos vellos erizados al traspasar el dintel con esfuerzo. Gracias.
Y mientras escribo, mientras revivo una semana que me cansó con un cansancio que no molesta ni pesa, me doy cuenta que se escapó entre mis manos demasiado rápido, que me faltan días y horas en el recuento. Pero reconozco a la vez que ese es el encanto de la Semana que es ya pasado. Un Domingo de Ramos en el que ya somos 4 azules aunque lo fuéramos antes sin medalla. Quedarte con más ganas de Lunes Santo que nos dejó con un abrazo en el silencio a medias, chocolatinas en el bolso, un cardo y fotos que casi son un beso en el tiempo. Tornó a Lunes de luna y estrellas la noche que escasamente una hora antes lo era de lluvia y lágrimas. Esperaré otro año que no sé si será igual (como ya te dijimos en la carta) e iremos a ver los Estudiantes para que nos dé Luz. Al Flagelado haciendo un descanso con una hamburguesa que ya tomamos como tradición para recuperar energía y calor que se pierde camino a casa, por muy rápido que vayamos. Que de ratos… ¿Verdad?
Querré madrugar el jueves y ayudar para que la capilla brille más que otros días (y si es con mi madre mejor que mejor). Subir, bajar, ir, volver, inventar… sentirse útil. Querré hacer un descanso sentado en un banco o donde tercie con una torrija en una mano y una conversación en la otra y esta vez sí, tomaremos la coca cola que espera desde fin de año. Me volveré a escapar junto a la noche más fría solo para ver cómo camina la Ramona. Me conmoverá cuando recién descendido Su Madre le bese los pies en el Gólgota del Campo San Francisco un Santo Viernes de luto dorado. Dejaré la capilla llena de hermanos azules, al Doctri, al Nazareno, a la Dolorosa y el Sepulcro para sentir el peso de Los Azotes que le dieron y mostrar a los boquiabiertos salmantinos Su espalda. Cuando a toque de martillo empieza a costar levantar la semana. Llegar de nuevo al punto de partida con la satisfacción de acabar. Abrazar por sorpresa a una amiga con la que aparezco en todos los recuerdos de clase y ver como entran poco a poco los que dejé en la Capilla esperando.
Supe cerca de la puerta, al compás de Mater Mea, que ya se acababa pero preferí hacerme el loco para no pensarlo. La vi entrar imaginando que estaba debajo acariciando con la mano con la que sostiene el pañuelo, mi hombro. ¡Hasta el año que viene! -le dije con la mirada y siguió mirando al cielo.
Aunque intenté alargar la noche tanto como los párpados me dejaban, sin remediarlo eran las primeras horas del Sábado, lleno de oscuridad en la plaza de Soledad y luz y
lleno de soledades en la Liberación. Había poco de la semana que se dejara exprimir a esas alturas. Unos pasos que desmontar, una carta a medias de escribir, unas pastas que recoger… Dormí y desperté sin darme cuenta con el sol de la Resurrección esperando los abrazos últimos y el rojo marchito del clavel. Caminando juntos…
Pero lo viviré otra vez, no hará falta escribirlo. Estaré allí. Será cualquier día. Escucharé la música, el silencio. Sentiré el calor de las velas o del apretón de manos. El frío de la Capilla con las puertas abiertas de par en par. La voz. El martillo. El olor de la cochera o de las flores recién puestas. Oiré el crujir de la madera. Veré el reflejo en los cristales y la rosa en la mano. Tantas veces como quiera, en clase de mate o dibujando, da igual. Y no será Semana Santa ¿o sí?
Siempre es Semana Santa en la vida de un tonto de capirote.
Hay 7 días que espero durante los 358 anteriores y una cuenta atrás de 40 que por esta vez se me hizo más llevadera con un viaje en la mochila.
A veces pienso que el tiempo a penas corre o que va tan rápido que no hay oportunidad de mirar, respirar y tomar conciencia que vives y no solo eres un espectador. Aunque estés sentado en la Plaza de España de Sevilla con la mejor compañía. Tu mente sigue caminando de un lugar a otro, cruzando el río o regalando un beso al talón del que Todo lo Puede. Y puede que me supiera a poco 3 días, 2 noches, los kilómetros sobre los pies y los cafés de media noche, no lo sé, pero estoy seguro que saborearé su olor cada rato que pueda. Mirando atrás. Seguiré poniendo una sonrisa cuando piense en ello, cuando sienta la colleja del mejor de los guías acompañado de “¡macarra!” o vuelva a estudiar cada foto por enésima vez. Seguiré sonriendo. Como el que tiene la ilusión de descubrir algo nuevo o sueña que no estuvo antes allí para sorprenderse con cada puerta que traspasa. Volveremos.
También guardaré en la caja lo que quise oír, ver y presenciar en la distancia a lo largo de estos 40 días. “Mira, ahora estarán rezándole a la Dolorosa antes de bajarla de la capilla” me decía aquel miércoles en voz baja para que casi no lo oyera y se me olvidara. “Mira, ahora empezaría la novena”. “Mira, ahora Antonio estará con su pregón…” “ahora estarán cenando…” y visité a las Angustias para que se me pasara la morriña (pero no lo hizo) antes de encontrarme con un ensayo de pasos que pasó a segundo plano cuando recibí la llamada desde Zamora con el “Mozo” en la calle. Es verdad, aquella noche empezó la Semana Santa (lo oí en la banda) o por lo menos fui consciente de que estaba a punto de hacerlo y con este detalle caí en la cuenta que al día siguiente Ella junto a la Cruz descansaría sobre mis hombros, buscando con Sus ojos en el cielo de Salamanca la Luz del Mundo o quizá fuera yo el que descansara mirándola… Un año más… o cuatro…
Desde la oscuridad del paso, viendo a través de la celosía la claridad de la capilla agradecí estar en aquella situación. Un “¡déjasela ahí!” de un hermano que cada día es más grande como un “¿Qué tal vas?” de un primo con el que solo comparto apellidos pero no sangre y unos vellos erizados al traspasar el dintel con esfuerzo. Gracias.
Y mientras escribo, mientras revivo una semana que me cansó con un cansancio que no molesta ni pesa, me doy cuenta que se escapó entre mis manos demasiado rápido, que me faltan días y horas en el recuento. Pero reconozco a la vez que ese es el encanto de la Semana que es ya pasado. Un Domingo de Ramos en el que ya somos 4 azules aunque lo fuéramos antes sin medalla. Quedarte con más ganas de Lunes Santo que nos dejó con un abrazo en el silencio a medias, chocolatinas en el bolso, un cardo y fotos que casi son un beso en el tiempo. Tornó a Lunes de luna y estrellas la noche que escasamente una hora antes lo era de lluvia y lágrimas. Esperaré otro año que no sé si será igual (como ya te dijimos en la carta) e iremos a ver los Estudiantes para que nos dé Luz. Al Flagelado haciendo un descanso con una hamburguesa que ya tomamos como tradición para recuperar energía y calor que se pierde camino a casa, por muy rápido que vayamos. Que de ratos… ¿Verdad?
Querré madrugar el jueves y ayudar para que la capilla brille más que otros días (y si es con mi madre mejor que mejor). Subir, bajar, ir, volver, inventar… sentirse útil. Querré hacer un descanso sentado en un banco o donde tercie con una torrija en una mano y una conversación en la otra y esta vez sí, tomaremos la coca cola que espera desde fin de año. Me volveré a escapar junto a la noche más fría solo para ver cómo camina la Ramona. Me conmoverá cuando recién descendido Su Madre le bese los pies en el Gólgota del Campo San Francisco un Santo Viernes de luto dorado. Dejaré la capilla llena de hermanos azules, al Doctri, al Nazareno, a la Dolorosa y el Sepulcro para sentir el peso de Los Azotes que le dieron y mostrar a los boquiabiertos salmantinos Su espalda. Cuando a toque de martillo empieza a costar levantar la semana. Llegar de nuevo al punto de partida con la satisfacción de acabar. Abrazar por sorpresa a una amiga con la que aparezco en todos los recuerdos de clase y ver como entran poco a poco los que dejé en la Capilla esperando.
Supe cerca de la puerta, al compás de Mater Mea, que ya se acababa pero preferí hacerme el loco para no pensarlo. La vi entrar imaginando que estaba debajo acariciando con la mano con la que sostiene el pañuelo, mi hombro. ¡Hasta el año que viene! -le dije con la mirada y siguió mirando al cielo.
Aunque intenté alargar la noche tanto como los párpados me dejaban, sin remediarlo eran las primeras horas del Sábado, lleno de oscuridad en la plaza de Soledad y luz y
Pero lo viviré otra vez, no hará falta escribirlo. Estaré allí. Será cualquier día. Escucharé la música, el silencio. Sentiré el calor de las velas o del apretón de manos. El frío de la Capilla con las puertas abiertas de par en par. La voz. El martillo. El olor de la cochera o de las flores recién puestas. Oiré el crujir de la madera. Veré el reflejo en los cristales y la rosa en la mano. Tantas veces como quiera, en clase de mate o dibujando, da igual. Y no será Semana Santa ¿o sí?
Siempre es Semana Santa en la vida de un tonto de capirote.